
No soy lo que se llama un fanático del tenis, pero desde que el asombroso Rafa Nadal hizo su aparición sobre el polvo de ladrillo procuro no perderme ninguno de sus partidos. Con una pinta de sioux teutónico (si se me permite la mezcla para la comparación con algo que nunca existió) y más aún cuando usa la bandana blanca en la cabeza, es simplemente impresionante. Este guerrero de la raqueta, es imparable, acaba de conseguir el Roland Garros por segunda vez de forma consecutiva. El pasado domingo hizo muestra, una vez más, de que es más el número uno del tenis que el actual número uno, que sea dicho de paso, era su contendiente en el partido final. Lamenté mucho que en el momento de los agradecimientos el traductor no supo interpretar una de las intervenciones de Rafa, lo que le valió el abucheo de los francesitos presentes; cuando en realidad la intención de Rafa era expresar su admiración por su contendiente, la mala traducción lo expuso puso como un arrogante pretencioso.
En fin, no soy fanático del tenis pero si de Rafa, es todo lo que un héroe de los deportes debe ser: joven, simpático y con un don que solo se concede a los grandes. Debo reconocer que lo que más me gusta de Rafa no es su saque, sino lo que tira de sus calzoncillos cada que tiene que hacer un saque y hay que agradecer a los camarógrafos que siempre captan el momento en que lo hace. Es que con ese trasero, como no habrían de captarlo cada que lo hace jeje.