
Que se me permita usurpar, aunque sea solo por un rato, el título de una de las obras de mi amado Oscar Wilde; es que la ocasión lo merece, mejor dicho la situación y si el título no da el pie no se que más podría hacerlo:
Ernesto, con cara de sumiso pero más diestro que un comando bien entrenado, esperando sobre la cama de una habitación… su labor el placer, su misión hacerlo bien. Testigo soy y lo proclamo, que apegado a labor y misión Ernesto es el mejor. Para que relatar lo que habría de suponerse, después de todo nada que ver que esté con los detalles… solo asegurar que fue increíble.
Por un momento me recordó a Fedon… no, no podría ser Fedon durante sus años en los baños griegos, ya que por mucho que Fedon se haya visto obligado a comerciar con su cuerpo, su espíritu y una mente brillante le permitieron ser parte del grupo al cual Sócrates instruía… ah umm Ernesto carece del matiz que lo haría filosofo pero si posee un rostro y un cuerpo con derecho a escultura.
No estoy ahora para comentar la compra en si, por como fuera o no a ser vista, sino de Ernesto muy singular y tan parecido a tantos otros que habrá por ahí. La curiosidad por conocer cada detalle de su vida, de sus experiencias; me mata. Pregunton yo… será verdad lo que escuche… no lo se, de sus inicios un panorama un tanto nublado, mejor no indagar más; del presente, se que solicito es requerido por nombre y gusto, por tantos como por todos aquellos por los que ha pasado, contar entre estos a viejos, gordos, curiosos, primerizos, en cada uno cada historia que Ernesto debe tragarse e igual cumplir. Del futuro, es que existirá alguno en el presente de Ernesto.
Blancos dientes los de Ernesto, que suele carraspear de vez en cuando, los observo con atisbos de sonrisa, yo que con una cuchara trato de sacar las historias… todas inconclusas, sin muchos detalles, mis preguntas no quieren ofender pero cortar muy profundo siempre daña.
La importancia de llamarse Ernesto, que quizás de tener otro nombre la vida podría serle distinta.

